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¡Hasta luego, Pepe!

Lo puedo ver delante del podio, micrófono en mano, en el auditorio del Centro Arquidiocesano, dirigiéndose a los coordinadores de los programas parroquiales de catequesis, como tantas veces lo ha hecho. Y puedo ver las caras de los asistentes, mirándole con atención, esperando –entre anuncio y mensaje– alguno de esos chascarrillos que él se gasta continuamente y que hace mucho más entretenida la presentación.

–¡Este Pepe, siempre con sus chistes!

Y es que el buen humor nunca ha estado reñido con la seriedad ni con la profundidad espiritual. Que para eso tenemos el ejemplo de muchos santos para demostrarlo.

–Pepe, ¿puedes venir a nuestra parroquia para darnos una charla en el retiro que hemos organizado?

Y allá va el Doctor José Planas –Pepe para los amigos, que somos todos– a dar charlas a los catequistas hispanos, o a presentar el taller del Protecting God’s Children, o a participar en reuniones diocesanas o parroquiales. Porque no sabe decir que no. Y va en carro, toma el tren, o sube al autobús.

–Si supieran algunos a quienes les encantan las siglas pegadas a sus nombres –nos dice Damián de Armas– que los que nos quieren y estiman nos hacen un honor al llamarnos simplemente “Pepe”…

Va con el calendario encima, que le pesa en el cuerpo –¿quién puede evitarlo?– pero no en su entusiasmo incansable. Basta mirarle a la cara para darse cuenta de que ahí hay cuerda para rato. Y no es que no haya pasado apuros con su salud, pero creo que su optimismo y decisión han tenido mucho que ver en que los haya superado. Y su fe –franciscana–, grande y sencilla, de persona que, por saber mucho, no se da tanta importancia.

Nos ha ganado el corazón a pulso, en el día a día, como los buenos, sin pretensiones de grandeza, haciendo lo ordinario de manera extraordinaria. Y no solamente a los que hablamos su lengua, también a los que sólo hablan inglés y trabajan con él en las oficinas arquidiocesanas.

–He is awesome! –nos dicen.

Pepe Planas es desde hace años el Director Asociado del Departamento de Catequesis de la Arquidiócesis de Newark. Ha seguido las huellas de una gran amiga –María de los Ángeles García– quien que puso unas bases sólidas a la catequesis en español en nuestra Arquidiócesis. 

Como tantos de nosotros, también Pepe es inmigrante.

–Llegué en agosto de 1969. Como muchos cubanos, en el “puente aéreo”. Podía haberme quedado en Miami, pero acepté la ayuda de Refugio Católico y la reubicación a Nueva Orleans.

Se fue a trabajar en el Catholic Cuban Center que Caritas tenía en Nueva Orleans. Empezó a trabajar al día siguiente de llegar. Bueno, llegó un viernes y empezó a trabajar el lunes siguiente… Tres años y medio en los que tuvo que enfrentarse a la nueva cultura y aprender el nuevo idioma.

–Conocí a Mr. Williams, que me hizo un trato. Si yo le enseñaba español, él me enseñaría inglés. Iba todos los días a mi casa. Creo que, al final, él aprendió más español que yo inglés del que se hablaba en Louisiana.

Y el viento lo trajo a los puertos de Nueva York. Diecinueve años en una compañía, con distintos puestos, hasta convertirse en boarding clerk, es decir el que daba entrada y salida legal a los barcos de su compañía. Pero, como tantas veces sucede a nuestro alrededor, la compañía buscó otro puerto en otro país para hacer sus diligencias y Pepe se quedó sin trabajo.

Ya estaba él fogueado en el campo catequético cuando llegó al Departamento de Catequesis de la Arquidiócesis de Newark. Durante doce años había sido el coordinador de la catequesis en español en la parroquia de S. Agustín en Union City.

Para entonces ya era uno de los instructores –había sido uno de los primeros– en el famoso programa de Formación Cristiana para el Ministerio, que tanto bien hizo durante más de treinta años en la formación de los laicos de nuestra Arquidiócesis.

También Pepe Planas había sido, y sigue siendo instructor en la escuela de formación de los Cursillos de Cristiandad.

–Durante cuarenta años ha trabajado en el Movimiento de Cursillos –nos dice Yovani de Paz, director de la Escuela de Cursillos–.  Sus clases han sido un verdadero testimonio de vida cristiana. Con alegría y humor. Siempre nos sacaba una sonrisa, no importa cómo nos sintiéramos al llegar.

Muchos de nosotros conocemos a Pepe en una faceta de su vida o por un programa determinado. Tal vez no sepamos que dos años fue el keynote speaker en la Conferencia de Catequesis de Boston, que por años ha cruzado semanalmente el río Hudson para enseñar en el Instituto de Formación Pastoral Félix Varela, que ha dado clases en Saint Elizabeth College y en el programa del diaconado en español de la diócesis de Metuchen. O que nos acompañó en el proceso del V Encuentro en todas sus etapas y viajó con nosotros a Texas para el Encuentro Nacional. El hombre no para, como la famosa pila, al servicio de los demás. Me hace recordar lo que decía San Juan Bosco: “Ya descansaremos en el Paraíso”.

–El pueblo hispano está ansioso por aprender. Por eso canalicé mis esfuerzos en la enseñanza. Iba a las parroquias para animarlos a obtener la certificación de catequistas, a dar retiros, días de estudio.

Y me nombra una larga serie de parroquias que me resulta difícil mencionar a todas.

–Pepe, ¿qué ha significado para ti a nivel personal esta misión?

–Dos cosas muy importantes: la satisfacción de haber hecho algo por el pueblo hispano y el haber crecido yo en la fe al tiempo que crecían ellos.

San Agustín fue y sigue siendo la parroquia de sus amores, a la que ha servido durante cuarenta y ocho años y en la que sigue sirviendo con ilusión en el programa del RICA (Rito de Iniciación Cristiana de Adultos).

–Me encanta estar con ellos en este programa. Sobre todo, me gusta ayudarles a descubrir la belleza del sacramento del matrimonio. ¡Este año hemos tenido cinco bodas!

Sus raíces están en Cuba, de donde tuvo que salir. Y un poco –o bastante– también en la tierra donde nació su padre y de donde eran los abuelos de su madre.

–Cuba es el sitio donde me formé. Donde están mis raíces familiares. Mi corazón estaba dividido entre Cuba y España. Mi padre me inculcó el amor a la tierra donde él había nacido. Y creo que el corazón da para amar a las dos.

–¿Y Estados Unidos?

–El país de la acogida. El país al que guardo una enorme gratitud.

Pepe se jubila. En su oficina ya no están las fotos que tantas veces he visto al entrar. De Susana, su esposa, a quien el Señor llamó hace años, de Susana María y Rafael y de sus nietos Joaquín y Carolina. No podía dejar de sonreír al mirarlos cuando hablábamos como dos abuelos. Con él estaban los cuatro hace unos días cuando le rindieron un homenaje en el Mes de la Herencia Hispana organizado por la Scholarship Fund for Inner-City Children.

Nos costará trabajo pasar por delante de su oficina y no verlo con el teléfono en la mano. Fue su gran instrumento de trabajo. Para invitar a un evento, o escuchar los problemas que llegaban de las parroquias.

Su retiro deja un hueco en la Catequesis de la Arquidiócesis. Muchos son los catequistas a lo largo y ancho de nuestra Arquidiócesis para los que ha sido un referente.

–Pepe tiene un carisma y un don especial para transmitir sus años de experiencia, unos conocimientos y sabiduría que será difícil, si no imposible, de reemplazar. La comunidad hispana le debe mucho a sus esfuerzos –nos dice Patricia Rodríguez.

José Planas dice adiós a su ministerio arquidiocesano, pero no a su compromiso con la comunidad hispana. Esto no ha sido un trabajo para él, ha sido su ministerio, su vocación. Se jubila, pero no se retira. Ya ha aceptado la invitación de formar parte del Consejo Hispano de nuestra Arquidiócesis. Todos necesitamos que siga contribuyendo con sus conocimientos y experiencia. Por eso no le queremos decir adiós, sino sencillamente hasta luego. Lo seguiremos viendo y disfrutando.

¡Hasta luego, Pepe!