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¿Por qué te callas?

Hace algún tiempo se hizo viral un intercambio entre el entonces rey de España Don Juan Carlos y Hugo Chávez en una de las cumbres iberoamericanas. El rey regañó a Chávez diciéndole “¿por qué no te callas?”

Los asuntos de política suelen llamar la atención porque a veces vienen acompañados por un elemento de drama, debido quizás a la tendencia de algunos a dirigirse a su gente con bravuconearías, hablando mucho, alto y diciendo poco.

Su actitud contrasta con algunos líderes religiosos a quienes admiro. Son aquellos que hablan en un tono pausado, firme y coherente. Otros tienen un modo distinto, alegre, jocoso, contagiándonos con su entusiasmo y empapándonos con las voces de barrio.

El estilo no importa, la percepción y el contenido sí. Somos receptivos a los que hablan con nosotros y no a los que nos sermonean.

El Papa Francisco es único en su clase, es el primer Papa en la historia que habla con cadencia ítalo-porteña y sabe articular lo complejo con palabras simples. Camina y habla lento, “como perdonando al viento”, así canta su compatriota Piero.

Sin embargo, lo cortés no quita lo caliente y a veces se “enfogona” y nos invita a que nos enfogonemos con él cuando de injusticia se trata.

Francisco nos llama a desenclavar al Cristo de “la saeta”, para que ande en la mar, y a los bautizados para que le acompañemos. Seremos las voces de los que no la tienen. Nos exhorta a que hablemos por las vidas apagadas cruzando mares y ríos, las sofocadas por manos en el cuello de una mujer abusada, las de los adolescentes dudosos de su sexualidad, a no alzar el volumen de la tele para no escuchar el llanto del niño, víctima de violencia doméstica.

También a los que tienen al YouTube por el mango y el micrófono en mano; no desperdiciar el tiempo haciéndonos de nuevo el cuento de la buena pipa.

Habla, señor predicador en un lenguaje coherente, no con palabras “relleno”, sino relevantes, actualizadas y significativas. Habla, que tu pueblo escucha.

Evitemos llegar con “el alma marchita” ante el Rey de Reyes y así salvarnos del regaño: tuve sed y no me diste de beber, no tuve voz y te callaste.