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Enfrentando un desafío global, y personal, durante una pandemia

CHALATENANGO, El Salvador (CNS) -- Las mañanas y las tardes en esta pequeña ciudad rodeada por montañas a veces son delirantemente bellas. Algunas mañanas, una montaña aparece y desaparece en segundos cuando el viento mueve la neblina detrás de la Catedral de San Juan Bautista en Chalatenango.

Algunas noches, el paisaje del verde de jungla resalta en contraste a la puesta del sol, la cual ilumina el cielo, enfatizando las siluetas de las montañas circundantes que las hacen parecer como centinelas tratando de tocar el cielo.

En este escenario idílico han sucedido al menos 50 masacres que robaron la vida de un número incalculable de católicos durante el conflicto civil del país en la década de 1980 y es donde están enterradas las estadounidenses hermanas Maryknoll Maura Clarke e Ita Ford. Las dos fueron brutalmente asesinadas y violadas junto con la hermana Ursulina Dorothy Kazel y la laica Jean Donovan el 2 de diciembre de 1980.

No tenía idea de que sus cuerpos estaban enterrados aquí hasta que pasé a visitar rápidamente al obispo Oswaldo Escobar Aguilar en enero. Fuimos a la tumba simple de las hermanas norteamericanas en el cementerio local cerca de la sede de la Diócesis de Chalatenango en el norte de El Salvador. La tumba también es donde se encuentra enterrada la hermana Maryknoll Carla Piette, quien se ahogó aquí durante una inundación repentina, meses antes de que las hermanas Ford y Clarke fueran asesinadas.         

En enero, sin ninguna idea de la ira que el COVID-19 estaba a punto de desatar, hablamos con el obispo de posibles visitas para observar el 40 aniversario de varios acontecimientos que sucedieron en El Salvador en 1980. Ese año, el obispo principal del país, san Óscar Arnulfo Romero, fue martirizado en marzo. El padre franciscano Cosme Spessotto, misionero italiano actualmente esperando beatificación, también fue martirizado en junio del mismo año, al igual que más de 650 campesinos de Chalatenango, emboscados durante una masacre en el río Sumpul en mayo, y también las mujeres norteamericanas quienes trabajaron en esta zona rural.

Hice planes para regresar, pero nunca me imaginé los eventos internacionales que iban a impedir mis planes, incluso el cierre de varios meses del aeropuerto San Óscar Arnulfo Romero aquí y el cierre de las iglesias del país. Desde lejos solo podía observar cómo la pandemia ensombreció tantas conmemoraciones simbólicas de 40 aniversarios importantes para la iglesia en El Salvador, pero también eventos relacionados con la iglesia a nivel mundial.

A nivel personal, 2020 también marcó 40 años desde que mi familia se fue del país y de nuestro pueblo que no queda lejos de donde están enterradas las hermanas Maryknoll. Fue una época que el obispo describió como el año cuando el "valle de arena y agua", el significado de la palabra Chalatenango en náhuatl, se convirtió en "el valle de sangre".

Hasta el año pasado, cuando conocí al obispo durante una visita que hizo a Washington, había perdido casi toda conexión con esta parte particular del mundo donde nací. Era una situación que Monseñor Escobar comprendía, ya que la mayoría de su familia también se fue la zona aproximadamente durante la misma época, también cuando él era un niño, después de que su hermana fuera "desaparecida" y su hermano asesinado. Regresó a vivir allí 36 años después cuando fue instalado como tercer obispo de la diócesis.

Mantuvimos el contacto y el obispo me invitó a pasar una tarde en Chalatenango. Así fue como terminé en las tumbas de las hermanas misioneras de Maryknoll ese día de enero, preguntándome si alguna vez nos habíamos encontrado en el camino.

Después de escribir varias notas antes del aniversario del asesinato de las mujeres, el recuerdo de lo que les sucedió, de quienes nos fuimos, como los eventos nos cambiaron la vida, a mí, al obispo, sentí el peso de reconocer la importancia de estos aniversarios trascendentales y bíblicamente simbólicos.

En marzo, durante una inolvidable noche de tormenta cuando el papa Francisco presentó su mensaje "Urbi et Orbi" en la Plaza de San Pedro, habló de la pandemia en términos metafóricos y de cómo esta "tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad".

La tempestad nos mostró cómo hemos usado rutinas "salvadoras", pero también cómo fueron "incapaces de apelar a nuestras raíces" y nos privaron "de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad".

Al escuchar su mensaje en esa plaza oscura, anhelaba estar en El Salvador más que en cualquier otro lugar.

Yo era demasiado joven para tomar la decisión de quedarme o irme hace 40 años, pero esta vez, la decisión de regresar a "casa", incluso en medio de una pandemia, fue mía.

Estos últimos días, he visto a sacerdotes, laicos, religiosas y religiosos, al obispo, un carmelita descalzo, salir a darle de comer a los hermanos sin techo cerca de la catedral de Chalatenango. He visto cómo ha salido a administrar los sacramentos a personas moribundas, a los enfermos y subir donaciones a su carro para dejar en parroquias durante sus visitas a las partes remotas de su diócesis "martirial", y ver cómo la gente, da lo poco que tiene para otros.

"Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas" dijo el papa esa noche. "Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: 'Que todos sean uno'".

Estoy casi segura que sé exactamente por qué Ita, Carla y Maura se quedaron en Chalatenango. Y probablemente por qué Jean y Dorothy se quedaron en otra parte de El Salvador.

En esta zona rural y pobre, donde los cultivos se han visto afectados recientemente por tormentas tropicales, la solidaridad de los pobres es impresionante.

Es difícil subirse a un avión en medio de la pandemia y preocuparse por el riesgo personal de salir de "casa", pero es aún más difícil quedarse en una "casa" cómoda y olvidar a las mujeres católicas estadounidenses y otros que conocieron el riesgo de ayudar a los más oprimidos pero lo hicieron de todos modos.